Cada inicio de año viene cargado de ilusiones, propósitos y listas que prometen una mejor versión de nosotros mismos. Sin embargo, al avanzar los meses, muchas de esas metas se quedan en pausa: guardadas en una libreta, pendientes en la mente o escondidas detrás de la frase que más frena nuestro crecimiento: Luego lo hago.
La realidad es que muchas veces no fallamos por falta de capacidad, sino por postergar. Dejarlo para después se convierte en un hábito silencioso que nos roba tiempo, energía y oportunidades. Y así pasan las semanas, los meses y, de pronto, llega otro año nuevo con las mismas metas pendientes.
Pero hay algo poderoso que no siempre vemos: la mayoría de las cosas que evitamos solo necesitan una decisión firme para empezar a avanzar. No requieren perfección, no exigen un plan perfecto, solo ese primer paso que rompe la inercia. Cuando finalmente te decides, descubres que no era tan complicado, que el miedo era más grande en tu mente que en la realidad, y que dar el inicio mueve todo lo demás.
Dar el primer paso no garantiza que todo salga perfecto, pero sí abre el camino para que las cosas salgan bien. Es ese pequeño movimiento el que cambia el “algún día” por el “hoy”. Y una vez que empiezas, el resto fluye: la motivación crece, la claridad aparece y cada avance refuerza tu compromiso.

